Jairo Pinilla Téllez
(Director de cine colombiano) en Cali.
Para mí el cine es como un embudo: una parte de
un tema al que se le van metiendo cosas, para que por la boca pequeña
salgan las cosas buenas, las definitivas.
J.P.1982
Dentro de las miasmas que la última cresta de ola del revival
trasnochado nos trae surge, nos llega, Jairo Pinilla esplendoroso. La
marejada se vino con las "Monogatari" y "el Vicio Producciones"
de Bogotá, una muestra retrospectiva incompleta en el paradisiaco
Multipléx Odeón, y el rodaje de un corto en video (Posesión
Extraterrestre, 2000); luego lo llevó a Bucaramanga, a establecer
conversaciones con la gente de Telecaribe, para después desembocar
en Cali invitado al IV Festival de Performance. Con esto último
la ola no se detiene, y próximamente, según se augura,
paseará su sombra por Medellín anunciándoselo como
"un maestro del cine de horror colombiano". Esperamos que
las aguas no se vuelvan mansas, que Jairo prosiga su ondear.
Para muchos resulta inexplicable (antes debemos anotar que la ola es
soplada por vientos juveniles) el porqué de su repentina y frenética
vuelta, de su insólito resurgimiento, sobre todo para aquellos
que en su época tuvieron la oportunidad (así no las hayan
visto) de ver sus películas en cartelera, dobleteadas o tripleteadas
en incansables rotativos, y no en improvisadas e incompletas retrospectivas.
Quizá el objeto de tal retorno débase, casos se han visto,
a una mala inteligencia generalizada de, por poner un ejemplo entre
tantos, la intención que Tim Burton tuvo con su magnífica
Ed Wood (1994), que muchos despachaban sin más remilgos como
una película sobre "el peor director de cine de todos tiempos";
así, automáticamente, a Jairo Pinilla, por amañada
y sospechosa comparación, se lo califica -y quien lo hace es
consciente de la tácita descalificación que ello implica-
como "el peor director colombiano de todos los tiempos", y
los remilgos quedan pudorosamente parapetados en el bien intencionado
subterfugio que, por tal ambigua e indecisa calificación descalificación,
el situarlo entre el cine (y los directores) "de culto" ofrece,
un bastión más que seguro y confiable para las almas en
pena, para las conciencias culposas.
Alejándonos un poco de las difusas generalidades a las que el
mal habido lugar (y opinión) común nos conduce y tiene
acostumbrados, el balance operístico (de las obras) de Jairo
Pinilla puede hacerse allende al vital. Y, entonces, ya bien entrados
los 60's nos encontramos con él terminando sus estudios de especialización
en Ingeniería Electrónica (énfasis: Computadores
Eléctricos), bajo el patrocinio de la multinacional Burroughs,
en México donde casualmente conoce los estudios Churubusco en
su último brillo, llegando incluso a participar en un film (Besos
por teléfono -así, sin más datos) con César
Costa y Libertad Lamarque. Al examinar su obra el casual encuentro referido
resulta determinante si nos entendemos en lo que a influencias inmediatas
respecta; así, a lo largo de ella podemos observar trazos que
van desde Santo: el Enmascarado de Plata (personaje también carísimo
a uno de los integrantes de Helena Producciones, organizadores del Festival
donde se dio la muestra en Cali), hasta El Chapulín Colorado
(de quien su Kóndor el Mago, proyectado remake televisivo y seriado
del original de 1975, quiere ser un émulo, pero "un poco
más real" -como Jairo lo expresa), pasando por Cantinflas,
aunque sin inclinaciones tan manifiestamente 'cantinflescas'. Extremándonos
un poco podríamos decir que si las películas de Jairo
Pinilla fueran música sonarían como la de Astrid Hadad
y sus Tarzánes, pese a que su compositor preferido sea Gioacchino
Rossini. Dentro de la angustia de las influencias encontrables en su
obra también coincidencias pueden hallarse tanto con la de Juan
Orol, o la de Juan (John, para el mercado norteamericano) Ibañez,
ambos mexicanos, como con la del español Jesús (Jess,
para los conocidos) Franco, no obstante también su estilo se
identifique casi que plenamente con el de los dos últimos y menos
con el gamberrismo de Orol. Aprovechando el hecho de que ahora estamos
pisando el terreno de las comparaciones menos odiosas, y sacando de
éstas a Orol, y especulando un poco más, Jairo Pinilla
vendría a ser una especie de híbrido malogrado (Colombia
no es México, ni mucho menos España, lo sabemos; menos
aun en lo que a industria cinematográfica atañe) entre
Juan Ibañez y Jess Franco; si bien Ibañez, para la misma
época en que Jairo Pinilla empieza a rodar, entra pisando fuerte,
de la mano de Jack Hill (honourable membership del exclusivo club de
Roger Corman) y acompañado de un Boris Karloff en declive, con
sus films en el mercado B norteamericano, Jairo Pinilla apenas puede
soñar con que el doblar los suyos al inglés (para luego
subtitularlos al español) le posibilite difusión internacional,
tal vez que su nombre, como el "Juan" de Ibañez que
fue John, resuene de otra manera, un modo de meterle un "gol"
a Colombia con un engaño inocente; Jairo Pinilla, plenamente
consciente de este asunto, alguna vez manifestó con acierto al
respecto: "(...) pero hay que ponerle la etiqueta 'Made in USA'
a una artesanía hecha en Soacha para que la gente la compre".
Dos cosas, para tener en cuenta, entre ojos, antes de proseguir: el
doblaje de las voces en las películas de Jairo Pinilla como práctica,
que al rato comentaremos, habitual suya (aun no se ha arriesgado con,
y parece que por lo pronto no le interesa, el sonido directo); y la
inconsciente identificación que de su obra hace con la artesanía.
Volviendo al sano cotejo, si existe una razón que resista la
equiparación entre Jairo Pinilla y Jess Franco ésta es
el ser (en el caso de Jess) o en el no ser (en el caso de Jairo) prolífico;
mientras Franco cuenta con una enorme obra -aun creciente- que sobrepasa
más de el centenar y medio de films, Pinilla (forzadamente estéril,
mas no por ello imaginativamente poco prolijo) ve en la televisión,
obviamente en el formato de video, y en las posibilidades que las nuevas
tecnologías y la imagen digital ofrecen, el punto de fuga a su
derrame creativo, a su condición de prolífico forzosamente
solapado, pasmado sin quererlo y muy a su pesar.
Ha rato hablábamos de la cuota que de su experiencia vital Jairo
Pinilla compromete con su obra, ejemplos muchos de este asunto a ojos
vistas aparecen a lo largo de ella; así, de su más íntima
historia personal, de sus temores más entrañables: el
miedo infantil a un féretro en cámara ardiente, a los
cirios, al cadáver..., extrae ingredientes para sazonar su primer
largometraje argumental Funeral Siniestro (1977), donde la cuota de
horror esta vez se cobra en la imaginación de una pánica
niña campesina; tal tipo de argumento, tal tipo de mirada, un
poco por fuera del establecimiento, no dejo de resultarle problemática,
la primera tara en las muchas que se le vendrían detrás:
"el concepto [pedido al Ministerio de Comunicaciones, en aras de
financiamiento] fue negativo porque en Colombia no era costumbre que
una niña se quedara sola con un cadáver en una finca y
cosas por el estilo -afirma Jairo, (...) qué tal que se me hubiese
ocurrido realizar la película Superman [su gran adoración
y paradigmático e inalcanzable referente], si aquí en
Colombia no es costumbre ver a los hombres volar con una capa roja".
La ardua lucha suya en las lides de consecución financiera, siendo
un realizador atípico y non grato, reciben un guiño en
la simpática -no por ello poco mórbida- 27 horas con la
muerte (1981), donde al protagonista (Francisco Vergara) ir, de manera
extrañamente repentina (de un día para el otro), a tramitar
una póliza de seguros de elevadísimo monto le surgen todo
tipo de inconvenientes y trabas burocráticamente absurdas que
no le dejan sino escapar, lacónicamente, un "Ah!, esta vaina
tiene más papeleo que para un préstamo cinematográfico
[o "para hacer una película", no lo recuerdo muy bien]".
En un tono, para muchos cómico, esta película no deja
de destilar cierta morbidezza tan cara a Pinilla, ¿qué
si no lo es ese lívido gamín yacente ("muerto",
pero con un oído aguzado y ultrasensible) por 27 horas sobre
la poltrona de la sala de estar, que oye impaciente y más fuerte
que de costumbre cómo sus ejecutores lo rondan quedos esperando
su "resurreción"?; el tema del muerto vivo (que, más
adelante, el protagonista experimentará en carne, ataúd
y fosa propias) aparece orondo trazando su estela a lo largo de la película.
Poco a poco hemos venido coqueteándole, e incursionando, por
los laditos al tema del estilo u estéticas características
de -y a- la obra de Jairo Pinilla, hablando de sus influencias tanto
mediatas como inmediatas, de la parte vital que en ésta entra
en juego, etc.; es hora ya de no hacer distinciones severas y pensar
que al hablar de Jairo Pinilla tanto obra como vida, influencias y gustos
se confunden formando un todo; alguien en alguna ocasión dijo
que "la obra de Jairo Pinilla es Jairo Pinilla", y es ésta
una opinión acertada e irrebatible. Entonces, como hombre de
profundas -también irrebatibles- convicciones "morales",
por no decir "moralistas", Jairo Pinilla no deja descuidado
el lugar que para la incursión de aleccionadores avisos toda
obra cabe; el gamín rozagante, antes de caer después lívido,
no escapa a tal avanzada y tras ser reprendido, por el protagonista
que lo pesca in fraganti al robar una sandía, aprende su lección
y es "muerto", metafóricamente, en el intento al otro
día; después de la reprimenda la escena cierra con una
admonitiva voz en off (la del propio Jairo Pinilla) que predica: "No
hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti";
o "Trata a los demás como quieres que te traten a ti";
o algo así por el estilo, de lo que ahora muy bien no me acuerdo.
También en Funeral Siniestro, y como remate de la película,
el mismo Jairo, interpretando al tío, (y ya ya no en off) sentencia:
"no llores -dirigiéndose a la niña, tras encontrar
muerto a Don Octavio, la muerte es la única realidad". El
mencionar la profunda carga y deliberada intención moralizante
en las películas de Jairo Pinilla no obedece a un vano y pedante
didactismo pretendidamente omnisciente de parte nuestra, o a un apresurado
afán reductivo, sino al interés de mostrar la coherencia
interna tanto de la obra, como de las pretensiones, influencias, etc.,
de Jairo Pinilla, como arriba anotábamos; es dentro de esta lógica
donde todo ello cobra sentido, por ejemplo respecto a uno de sus afectos
más tempranos: Santo: el Enmascarado de Plata, a quien remite
su pronta querencia porque, como dice, "el tipo es muy católico,
muy asiduo a la Virgen de Guadalupe. Él va y le pide que le ayude
y sale a luchar y a pelear contra la mafia y entonces le va bien. A
mi me gusta eso"; más adelante prosigue, reconfirmando con
honda convicción su simpatía con tal tipo de actuación,
diciendo "Yo tengo un respeto extraordinario por las cosas de la
iglesia y las hago respetar cuantas veces pueda. Cuando estoy embotellado
escribiendo un guión, me voy para la iglesia de la Tercera [en
Bogotá, se sobreentiende] y le pido a mi Dios que me ilumine,
que me ayude intelectualmente. Después de eso salgo nuevo y por
eso creo que me va muy bien, aunque no tenga plata", y remata con
plena certidumbre: "Ojalá que yo pudiera hacer cine que
estuviera en contra de todo lo que se está haciendo ahora, como
la pornografía y cosas de esas", contundente afirmación
esta última que no nos lleva sino a pensar en la malograda, y
angélica a la vez, Tan lejos: Tan cerca (In weiter Ferne, so
nah!, 1993) de Win Wenders en su más radical postura redentora
de purga y exorcizaste conjuro y condena de la violencia y la pornografía
que, para el -¡que lástima!- reaccionario Win, sobreabundan
el cine contemporáneo; el caso es que Jairo sí congenia
con el cine de acción, con la aventura un tanto excitante, o
sino véase su extraordinaria Triángulo de oro: La isla
fantasma (1983), especialmente en sus logradas escenas de artes marciales.
Si bien en algún momento afirmamos que inconscientemente Jairo
Pinilla identificaba su obra con la artesanía, una opinión
tan radicalmente traída de los cabellos e irresponsable como
la que el deslucido Armando Plata Camacho da, y que muestra su bajo
perfil como aspirante a esteta, de ella: "algunos críticos
de cine en Colombia consideran que las películas de Jairo Pinilla
son como la pintura: trabajos primarios, elementales, primitivistas...",
deja mucho que desear (equivaldría a la estrecha fórmula:
primero fue la pintura, y luego el cine, luego el cine es superior a
la pintura; entonces la pintura es, respecto al cine, primitiva; un
arte menor superado por otro mucho mayor), no nos deja de asombrar,
y en absoluto roza lo que en ella como artesanía se quiere reconocer.
Dentro de esta consideración entra mejor el recursivo uso que
de las voces dobladas hace en sus películas Jairo Pinilla, recurso
característico y fácilmente identificable a lo largo de
su obra (incluso en su última Un libro de Ultratumba, mayo de
2001, se vale de él) que de inmediato llama la atención;
tal práctica nos hace pensar enseguida en una especie de tortuoso
paso de la radio a la pantalla, del radioteatro -de las radionovelas-
al cine, paso que ocurre y se decide en pleno en sus películas;
estimando lo anterior no nos resulta del todo extraño ver en
ellas actores de la talla del espigado Julio Del Mar que dan cuenta
-y son viviente muestra- de tal difícil tránsito, este
actor que de la radio pasó a la televisión (donde se quedó;
no obstante sabemos que es uno de los integrantes de un Cabaret Show,
especie de Full Monty a la criolla, de cuyo nombre no quiero acordarme),
y de ahí a las películas de Jairo Pinilla, aparece como
un fetiche constante en algunas de ellas (desde Área Maldita
-"el misterio de una maldición en un mar de marihuana!",
rezaba el pendón que la publicitaba-, de 1980, hasta el remake
televisivo de Kóndor el Mago -donde Del Mar es Kóndor,
el protagonista-, proyectado en los 90's, pasando por la exitosa 27
horas con la muerte), fetiche que ya no lo es más puesto que
pasó a batirse en lides otras por fuera del campo visual de Jairo
Pinilla. El calificar, con anuencia plena suya, a la obra de Jairo Pinilla
como artesanía no implica una tácita desclasificación
de ella por parte nuestra, sino una manera de intentar aprehenderla
por fuera de los amañadísimos y re manidos términos
tipo -que pretendiendo decir mucho, ya que se dan por supuestos y consabidos,
no dicen en absoluto nada-, o Kitsch, o Camp, o Naïf, con que habitualmente
se lo hace sin más, sin siquiera pretender ahondar al menos un
poco en la real contextura que su obra ofrece; si, hablando en el sentido
más lato, por artesanía generalmente se entiende aquel
género fruto de la producción del tipo pre industrial,
completamente al margen de la gran producción serial empresarial
y de la amplia demanda mercantil, esmeradamente elaborado y difícilmente
-con más trompicones que pasos firmes- concluido, entonces a
las películas de Jairo Pinilla tal mote le cala perfectamente.
Otra cosa más que se le puede agregar a lo ya dicho es la importancia
que Jairo Pinilla da al aspecto comercial que su obra pueda comprender
y comprometer, también él es consciente del gran éxito
que sus películas tienen en el gran (el "grueso" -como
dice Jairo) público, ejemplos de tal éxito lo constituyen
sus rutilantes 27 horas y Triángulo de oro que de taquillas rebosaron,
mostrando ser "películas altamente comerciales" (con
orgullo Jairo afírmalo), colmando en más las aspiraciones
que con ellas se tenían. Mas allá de la simple comprobación
de su ser comercial en lo que a taquillas y público asistente
respecta, estas dos obras de Jairo Pinilla revelan una faceta inusual
para con las anteriores que reitera el motivo destacado: la presencia
de protagonistas masivamente llamativos, por un lado, y el uso de intrincados
efectismos especiales, por el otro. En 27 horas, filmada íntegramente
en Medellín (ciudad con la que, desde la positiva acogida que
tuvo Funeral Siniestro, Jairo guarda particular querencia), la aparición
estelar de Ivonne Maritza Gómez, Miss Amazonas 1981 y primera
reina protagonista de largometraje colombiano alguno, presagia de antemano
-se contempla al incluirla- el éxito venidero, Julio Del Mar
repite y Francisco Vergara debuta; la galante première que de
la película se celebró en el teatro Astor Plaza de Bogotá
estuvo asistida por Virginia Vallejo, otra reina (LA REINA) colombiana
de antaño, y varios directores de cine mexicanos especialmente
invitados; su triunfal aura traspasó fronteras llevándola
a Cannes (donde en el pabellón de FOCINE García Márquez
concedía entrevistas) y al Festival de Cine de Moscú.
Con Triángulo de oro, por su parte, si con anodinos (no siéndolo
así Jorge Enrique -"nano"- Pinilla, su hijo, el protagonista;
que aparece también en el corto Minuto Fatal de 1977) intérpretes
se contó fue con efectos especiales que la carencia se contrarrestó;
así a Jairo Pinilla llegó a comparársele con otros
imposibles maestros del efectismo, nuevamente la descabellada e irresponsable
opinión cotejante parte del mismo errado Armando Plata Camacho
que llegó a afirmar: "Guardando las proporciones, Pinilla
puede convertirse en el Spielberg colombiano"; ¿acaso el
troglodita -si atendemos a la opinión que, respecto a la obra
de Jairo Pinilla, en otro lado le conocimos- emancipado? Lo que sí
nos atrevemos a afirmar es que la eficacia comercial de las películas
de Jairo Pinilla (especialmente de las dos indicadas) compagina de modo
admirable con el entrañable afecto que al cine como entretenimiento
guarda, en tanto su gusto se cifra en la felicidad que le otorga éste
de mostrarle cosas imposibles, imposibles cosas que él mismo
-y a su manera- se arriesga a exhibir queriendo hacer partícipes
a otros de su íntima alegría. No sobra recordar que Triángulo
de oro fue su primera intentona de salvar el "error" (tal
cual manifiesta) que el tener películas en una sola versión,
en español, acarrea; error salvado al hacer otra versión,
en "banda internacional", doblada al inglés. Esta misma
práctica la llevó a cabo en su desgraciada y embargada
Extraña Regresión (rodada entre 1984 1985) que como pago
quiso hacer en el ínterin que, entre los problemas de distribución
y saldo del financiamiento otorgado por FOCINE para Triángulo
de oro, había; el avance que con esta película se quería
hacer era la condonación de la deuda adquirida, arriba señalada,
con los dividendos que por concepto de exhibición y taquilla
la película reportase, avance y condonación que no fueron
sino tan solo una vana ilusión aterrizada por el efectivo embargo
-por el que los exhibidores, temerosos de la ley, retíranla de
los teatros- del que la película, así como los equipos
de Pinilla, fueron objeto; pese a la forzosa caída a la tierra,
a Jairo Pinilla le quedaban fuerzas para decir, no sin cierto desconcierto,
relativo al incidente: "[ello] significa lo mismo que quitarle
un taxi a quien está pagándolo con su trabajo, antes de
la fecha de vencimiento de la deuda"; esta última afirmación
nos lleva, muy al pesar de algunos, a la consideración de Jairo
Pinilla como Autor, con la complejidad que tal término encierra.
Una pregunta desprevenida como, por ejemplo: "¿cuál
es el oficio del señor Jairo Pinilla?", se resuelve con
una no menos despistada respuesta: "el señor Jairo Pinilla
es de oficio cineasta -o, para quien así lo prefiera, 'director
de cine'-"; la empatía entre ambas, tanto pregunta como
respuesta, halla asidero en la figura del mismo Jairo Pinilla y su profesión
de fe, tal cual le sucediese al taxista del símil que emplea
para ilustrar su desesperanzadora situación. Entonces sin equipos
y sin dinero, y siendo "de oficio cineasta", persiste en su
empeño de hacer lo único que sabe (su oficio), embarcándose
en la empresa de aprovechando un evento para la nación -para
la gran masa- importante, así como para él mismo dadas
sus manifiestas inclinaciones, registrarlo e intentar resolverlo de
la manera a él más adecuada. Juan Pablo II visita Colombia
en 1986 y ese mismo año Jairo Pinilla realiza en 16 mm. su corto
documental El milagro de Chiquinquirá con éste como figura
central; el slogan publicitario que le acompañaba rezaba: ""El
Milagro de Chiquinquirá": que narra la historia de la virgen
del Rosario [de Chiquinquirá, por supuesto]: 1586; y la visita
de S.S. Juan Pablo II a Boyacá: 1986", y en su trama hilvana
la renovación del cuadro de la susodicha virgen en la encomienda
de Chiquinquirá, durante la época de la colonia, con la
venida del Papa para conmemorar los 400 años de ocurrido el 'milagro',
todo en un tiempo récord de menos de 20 minutos (!). Como al
inicio nos ocupábamos de la más cordial faceta de Jairo
Pinilla, la que ofrece al espectador más simplón, otra
no menos cordial se nos aparece ahora justo cuando empezamos a hablar
de su categoría como autor o, para ponerlo en términos
menos pesados -pienso en ladrillos, y no precisamente en los de Chircales-,
realizador; así como El Milagro de Chiquinquirá, Jairo
Pinilla tiene en su haber otras realizaciones -entre cortas, largas
y medianas- de análoga índole: Documental. Antes de cualquier
tipo de largometraje argumental (quiero decir con esto: antes de Funeral
Siniestro), y mientras se preparaba y adquiría experiencia para
hacerlo, Jairo Pinilla había rodado Cundinamarca: Un sueño
(1973), de 15 minutos y en 16 mm., a blanco y negro; en el mismo formato,
pero esta vez un largo (70 minutos), y a color, rueda Los Funerales
de Gustavo Rojas Pinilla (1974), una suerte de emblemática -si
nos atenemos a lo que en materia de apellidos respecta- coincidencia,
documento que reposa en los archivos de la (¿aun existente?)
ANAPO, o quizá en las manos de la hija de Rojas; posteriormente
realiza con éxito -pues fue transmitido por televisión
durante las festividades de Calarcá-, en el Quindío, Hijos
del Viejo Caldas (1976), de 25 minutos a blanco y negro y en 16 mm.;
el mismo año realiza para la comunidad Embera, en el mismo formato,
a color y de 70 minutos, Actividad del grupo Indígena en Colombia,
contando ésta vez con un gran productor: la compañía
Coca Cola de Colombia; de ahí hasta El Milagro de Chiquinquirá
realiza una que otra incursión peregrina en este terreno, sabemos
tan sólo de uno: Incendio (de entre 1982-1983), terreno que pisará
de nuevo ya entrado 1991, justo en su época más difícil,
con una Historia de la Policía Nacional de Colombia durante 100
años, o Centenario de la Policía Nacional, o Policía
Nacional de Colombia: Un siglo (1891 1991) (nombre que -dada la vaguedad
de las referencias, por encontrarse encapsuladas junto con el referente-,
para registrarlo con exactitud, es difícil decidir), hecha ahora
en video y con tan ecuánime productor, encriptada dentro de una
"cápsula del tiempo" en el Museo de esta Institución
(tan famoso por su sala dedicada al mítico Pablo Escobar), para
ser abierta y vista en el año 2091 (año de la segunda
efemérides centenaria); así que, por lo visto, tenemos
Jairo Pinilla para rato. Si bien hemos visto que importantes productores
han avalado proyectos de Jairo Pinilla, justo ahora cuando entramos
en su reputación como autor, y no obstante sabemos de otros proyectos
financiados de las más insólitas maneras o por los más
extravagantes personajes (transportistas, capitanes retirados, pequeños
industriales, el Gacha -íntimo de la actriz ex Miss Amazonas,
y quien a última hora, la definitiva, saca la maleta-, devotos
jóvenes, etc.), poco nos importan tales hechos o pequeñas
excepciones en la consideración que como autor hemos venido intentándole
reputar. En contraste con esto último están, para corroborar
nuestra apreciación, Asofilms de Colombia y Sonofilms Corporations,
ambas productoras independientes presididas por Jairo Pinilla casi como
único, sino el único, representante; de la primera -Asofilms-
nos queda la pintoresca imagen, que abre la encantadora Funeral Siniestro,
de un apuesto nativo emplumado que arroja una saeta haciendo diana en
una Colombia rojo sangre que acertadamente la recibe diluyéndose,
gota a gota, y mudando hacia las letras que conforman el nombre de la
productora; aparte de este grato recuerdo queda por decir de ésta
que fue la primera donde Jairo Pinilla ejerció su original mando,
nombrado por un grupo de amigos como presidente, y bajo la cual realizó
su primeriza ¡Qué Mago! (1971) de personal autoría
suya, y de la cual el corto -de igual duración, 12 minutos, a
ésta- Kóndor el Mago es subsidiario. Sonofilms Corporations,
de la que aun hoy es gerente general, contaba con una presentación
mucho más sobria o, si así se quiere, "tenebrosa",
de un tétrico y enigmático castillo alrededor del cual
aparece cada vez menos veladamente el nombre de la productora; el corto
Robo Macabro (1982) y Triángulo de oro inauguran la operancia
de esta Corporation. No solo, para reputarlo como autor, Jairo Pinilla
produce (junto con socios, como Gustavo Bello Laverde con quien arma
el consorcio 'El Halcón Negro' para 27 horas, o junto con fieles
amigos, o a través de sus compañías) algunas de
sus propias películas, sino que además, y esto vale resaltarse
en aras de nuestro propósito, también las escribe, monta
y sonoriza, ocupándose en ciertas ocasiones casualmente de la
cámara y la fotografía, llegando incluso a actuar, las
más de las veces, en ellas; ejemplo de esto último nos
lo da su aparición, sea ésta tanto protagónica
como fugaz, sea tanto en cortos como en largos, en -si de esta miscelánea
queda por fuera alguna, espero la precariedad que a la memoria pueda
atribuírsele sirva de descarada excusa- : ¡Qué Mago!,
Cita con la Época (1972), Kóndor el Mago, Minuto Fatal,
Funeral Siniestro, 27 horas con la muerte, y en su reciente Un libro
de Ultratumba. Vistas, y puestas, así las cosas la ponderación
de Jairo Pinilla como autor está lejos de ser rebatida con argumentos
que no sean atrabiliarios o, a lo menos, de mala saña. De qué
hablar su obra ha dado mucho, y en los más variopintos, e incluso
sofisticados, contextos: desde el inolvidable "Panorama" hasta
la otrora (en los 70's) mítica revista "Ojo al Cine"
(1); y en las más insignes voces: desde la de Jorge Barón
(y su pupila Lyda Citarella) hasta la de Magda Egas; y todavía,
como el súbito resurgimiento suyo nos lo demuestra, consigue
despertar pasiones; el paso de Jairo Pinilla nunca deja de generar reacción,
no en vano se mueve; como en su momento dijera Otto Grieffenstein: "Jairo
Pinilla se caracteriza por hacer películas diferentes a los demás
realizadores colombianos; juzgue usted si son buenas, o malas",
y es tal toma de juicio el lugar en el que se debate la inevitable reacción
dicha, más allá de esto lo que se diga es inútil
parla. Volviendo de nuevo a Jairo Pinilla y su obra -y dejando a un
lado comentarios y juicios accesorios a él y ella referidos,
lo que por el momento poco nos interesa-, e intentando proseguir con
la enumeración y catálogo misceláneos de ésta
última, lo que podemos decir es que de muchos proyectos -el mismo
hecho que sean proyectados implica el que no lo sean realizados- ésta
está llena; ya al menos creemos que los diversos líos
con que al hacer cine a Jairo Pinilla se enfrenta pueden suponerse a
través de lo insinuado, por esto mismo y teniendo en cuenta su
afán creador, y que (como, grave, dice de sí) "sólo
la muerte puede parar a Jairo Pinilla", la única y más
fácil posibilidad que él ve para tal ansia satisfacer
la encuentra en la televisión. Entonces, inspirándose
en el auge popular de las telenovelas, los noticiosos, etc., opta por
elaborar, justo en su época crítica -que se decide entre
mediados los 80's y el 'docu video' encargado por los guardianes del
orden hacia 1991-, proyectos para la televisión ("producciones
con enfoque cinematográfico", enfatiza), que nunca tomaron
forma y que se debatían entre la pretensión de mayor hondura
para los 'culebrones', por un lado, y la avidez informativa, por el
otro, como por ejemplo: Armero: tragedia anunciada, o La Pollera Colorá,
o El Fango de la Muerte, o Angustia en el Trópico, o Mujeres
Divinas, según tenemos noticia. Lo que sí realizó
posteriormente, al menos en piloto, fue una serie de capítulos,
concebidos para la televisión, cobijados bajo la denominación
común Área de Terror, que intentaban datar fenómenos
poco normales ocurridos para "la última década del
siglo XX" (como Jairo revela, y la presentación del piloto
corrobora); dentro de los más de treinta capítulos planeados
logró tan solo, y en precarias condiciones (dado que con equipos
adecuados ha rato dejó de contar), realizar tres: El Misterio
de la "Morgue", donde el terror acosa al mismísimo
celador -que vela a una bruja en trance, aparentemente muerta- del Instituto
de Medicina Legal; La Silla Satánica, en la que Jairo muestra
toda su pericia como ingeniero al idearse un mecanismo que a control
remoto dirige la silla de ruedas que en la historia hostiga a una niña
paralítica; y El Brujo, una muestra de voodoo tropical y guiños
a Los Ángeles de Charlie (The Charlie Angels). Como podemos apreciar,
el sesgo moralizante que alguna vez en la obra de Jairo Pinilla indicamos
persiste y no puede menos que dejarse contagiar de todos los temores,
aspiraciones y angustias milenaristas y finiseculares que en el ámbito
("la última década del siglo XX") de Área
de Terror hallan una significativa expresión; trazas peregrinas
de esto se nos anuncian ya desde Extraña Regresión que,
en un pauta comercial de veinte segundos nunca emitida y demandada a
Jairo por FOCINE (entidad que, nuevamente, vuelve y embarga la película)
como condición para exhibirla, se presenta como un film que al
espectador "amplíe sus conocimientos metafísicos"
-así lo reza, literalmente, el anuncio. Más allá,
con Área de Terror en un forzado y hasta ahora insalvable remojo,
y bajo el mismo espectro por el que ahora último nos hemos estado
moviendo, realiza con precariedad cada vez más creciente Las
Profecías de Nostradamus, donde ante el inminente ocaso del siglo
XX resuelve plantear su visión, atravesada por la del inflamado
agorero francés, viciadamente apocalíptica; y Las Profecías
del Fin de Siglo: La III Guerra Mundial (que como inciso más
general llevaba, a modo de subtítulo, El cambio de los tiempos:
LAS PROFECÍAS. RESTAURACIÓN DE LA HUMANIDAD) especie de
malogrado found footage acopiado de fuentes televisivas las más
diversas: Historias Secretas (Cenpro), Las Profecías del Milenio
(A. T. Mann), El Fin de los Tiempos (Daniel Celinos), y de su propia
Las Profecías de Nostradamus (Sonofilms), hecho también
bajo una óptica similar, sino la misma, a la aplicada en el anterior.,
donde se propone mostrar, y dar cruenta cuenta de, "la realidad
cruda de las porquerías de la humanidad ante la presencia del
fin del siglo XX". Por fuera de este desgarrador espectro, y dentro
de lo sí efectivamente realizado por Jairo Pinilla (aunque tan
solo en su primer capítulo Kóndor el Mago y la Niña
Vidente) está su proyectado, e interrumpido por el trabajo para
la policía, remake Kóndor el Mago, donde un aprendiz de
mago y de inventor (enrevesado alter ego suyo; cuyo centro de operaciones
es justo el estudio laboratorio taller de Jairo Pinilla) ha de vérselas
en las menos recomendables situaciones (Kóndor el Mago y la Casa
Embrujada, aun no realizado) y enfrentándose con los peores enemigos
(Kóndor el Mago y los Caníbales, tampoco realizado), en
aras de llevar a buen término su difícil misión:
el tratar de ayudar a la humanidad; valga la pena anotar aquí
que esta serie -este Kóndor "un poco más real que
el Chapulín Colorado"- estaba pensada para la franja infantil,
y que una impresión fugaz que la vista de ésta ofrece
es como la de una especie de "Pequeños Gigantes" pero
sin la cautivadora presencia de Maria Angélica Mallarino, aunque
no por ello menos mágica. Uno de los proyectos que de los tantos
aun no realizados más nos llamó la atención, y
que por lo mismo traemos a cuento, fue uno que Jairo titularía
Un Extraño Resplandor ; fuera de la suculenta trama que ofrecería:
unos seres, casi idénticos a los humanos, inventados por Jairo
Pinilla llamados algo así como los Sjörgs -o Sjörks-
que viven en el, invisible a nosotros, lado oscuro de la luna (cualquier
parecido con Pink Floyd es pura coincidencia) en una sofisticada plataforma
espacial, y que vienen a la tierra para a cambio de -lo para ellos pletórico-
oro y riquezas llevarse recursos orgánicos y anímicos
de los que adolecen; lo que más nos resulta interesante, el motivo
que nos lleva a destacarla, es la recursiva manera que Jairo Pinilla
tiene de resolverla: acudiendo a los prototipos de naves interplanetarias
que un primo suyo (que también se encargaría de manufacturar
la plataforma lunar), modelista autodidacta, sabe confeccionar , y que
-en unas pruebas piloto hechas hace algún tiempo- usando la rudimentaria
técnica (que ahora reconsidera, al conocer las posibilidades
que la animación computarizada le brinda) del back projection,
donde ante una pantalla de televisor en canal muerto, con fondo azul,
o con la imagen que se quiera de fondo -de background- , las enarbola
para recrear cualquier tipo de viaje sideral, terrestre o lunar. Ya
desde aquí Jairo Pinilla entra pisando fuerte (y siendo moralmente
correcto consigo, traza que nunca deja) a los estrictos senderos que
la ciencia ficción mora, una antesala grandiosa para lo que en
el corto Posesión Extraterrestre vuelve a explorar tímidamente.
Ana María Millán Strobach & Andrés Sandoval
Alba, beneméritos miembros de Helena Producciones, por quienes
corrió la producción de Un libro de Ultratumba -realizada
íntegra, tanto en exteriores como en interiores, en la ciudad
de Cali, como obsequioso recuerdo del paso de Jairo Pinilla por ese
sitio-, intervinieron a más de esto también en la edición
digital y efectos especiales -también actuaron, la una más,
el otro menos-, así como en la sonorización y doblaje
de las voces, además del diseño final del afiche promocional
del mismo: esto respecto a lo último que Jairo Pinilla ha realizado;
respecto a lo -también último- que a partir de su figura
se hizo en esta ciudad, queda el, por razones varias, mucho más
delicado que el Documental Siniestro (2000) visto en Señal Colombia,
corto documental en video -asimismo el anterior- Jairo Pinilla: Dr.
Empiria (junio de 2001) realizado por el tándem Leonardo Villegas
(cámara en el Un libro) & Carolina Navas (foto fija y, eventualmente,
scriptgirl del Un libro), que en diez minutos ofrecen una cordialísima
faceta del director, quien imaginariamente (justo antes de siquiera
planear su Un libro) examina una sugestiva locación -el antiguo
y bellísimo, aun en interminable restauración, Palacio
de Justicia- para un imaginario film posible. Por en momento la ciudad
de Cali aguarda, expectante, la première de Un libro de Ultratumba,
quizá como en alguna época la gran masa esperaba la próxima
realización de Jairo Pinilla; ojalá la esperada resulte
más pronta que la de la llegada de Godot.
Como una última ofrenda, y para no terminar y quedar
mal con los muchos, quizá se pueda hacer una tácita concesión
en lo que a comparaciones -por el momento no nos importa si odiosas
o no- respecta; y es que si tal vez existiera una mínima analogía
entre Mr. Edward D. Wood Jr., y el señor Jairo Pinilla Téllez,
ésta residiría en que mientras el norteamericano hacia
el final de su carrera (en los 70's, justo antes de morir de un infarto,
el diez de diciembre de 1978, a los 54 años) se dedica a filmar
películas softcore, el colombiano (nacido en Cali, el 21 de agosto
de 1944, y a las 11 de la mañana) espera concretar conversaciones
con el canal de televisión privado RCN, en vistas de un posible
contrato.
Camilo Vega.
1 Luis Ospina traduce del inglés (no recuerdo
muy bien si la fuente es del Washington Post o del New York Times; o
tal vez de ninguno de los dos) un artículo periodístico
donde se menciona el sorpresivo boom que, para mediados de los 70's,
la repentina emergencia de cortos, de todos los calibres, en Colombia
ha generado, de acuerdo a la apertura de cierta política que
permite su fácil financiación y distribución exhibición;
tras esto efectúa un balance personal de los mismos, donde, ¡oh,
sorpresa!, aparece mencionado casi de soslayo uno (Kóndor...)
de Jairo Pinilla Téllez. La apreciación que nos aventuramos
a hacer respecto a la autoría de este incierto corto, que Ospina
tan solo nombra así, como lo anotamos (Kóndor..., sin
más datos, y con esos puntos suspensivos), no mencionando autor
alguno, se debe a lo que respecto al mismo Ospina comenta: la historia
de un mago, etc., filmada en 16mm., y que obtuvo la clasificación
1A, es decir, de factible explotación comercial; hechos, todos
estos, que cazan perfectamente con lo que Kóndor el Mago representó. |
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